BABESLEAK

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2012/09/12

FERRAN-en BIDEOA ETA EMOZIOAK

G-II mendian Ferran. Irakurri ez baduzue, irakurri, merezi du eta.
(Algo sobre emociones en montaña de la mano de Ferran)


De bajada, en plena noche, hubo que reabrir la huell de nuevo mientras recorríamos la larga travesía hasta el Campo 4. La presencia del fuerte viento durante todo el día borró la huella de subida que habíamos abierto durante la madrugada. El iraní Mehdi y yo, una vez llegados al Campo 4, descansamos un rato para seguir bajando al Campo 3. El resto del grupo se quedó a pasar la noche como pudieron metidos dentro de la tienda de los coreanos medio colapsada por la nieve y desgarrada por el viento en el Campo 4. La mañana siguiente el tiempo era bueno, espléndido, y estuve esperando en el Campo 3 a que mis compañeros bajaran del Campo 4. Una vez reunidos, yo seguí bajando hacia abajo, pues tenía prisa por llegar al Campo 1. Al cabo de una hora ya estaba en el Campo 2, donde me esperaba emocionado Basheer, a quien hacía tres días que no veía, desde que nos acompañó de subida hasta el Campo 3. Después de felicitarme y de recoger el campamento, emprendimos el descenso definitivo hasta el Campo 1, parada final de aquel día.


El calor en seguida fue intenso, y la nieve empezó a perder contundencia de una manera alarmante: nunca había sufrido un descenso tan patético. A veces costaba avanzar, incluso rappelando, y las piernas a menudo se hundían sin fondo en una nieve que había perdido ya todas sus características de cohesión. A ratos nos arrastrábamos pendiente abajo de culo, para no tener que poner las piernas y quedar hundidos hasta la cintura, paralizados como si fuéramos en tierras movedizas. No era una situación peligrosa, sólo detestable y agotadora, además de lenta y desesperante. Por fin, el calvario se acabó al llegar al pie del Gasherbrum II: ya sólo nos quedaba media hora de glaciar plana hasta el Campo 1. En ese tramo, la mayoría de la gente no va encordada ya que el glaciar no está abierto, sólo hay dos o tres grietas y en general son muy visibles. De hecho los únicos que esta temporada iban encordados eran mis compañeros de Andalucía. Y antes de empezar el camino fácil hasta el Campo 1, estuve dudando durante unos segundos si coger una de las cuerdas de los Andaluces para seguir encordados, Basheer y yo. Finalmente lo descarté y seguimos como siempre, uno tras otro, siguiendo la huella antigua y habitual. Aproximadamente a medio camino, atravesamos la segunda grieta. El itinerario había sufrido una ligera variación, ya que yo la había cruzado más a la derecha, por un puente mucho mayor. El puente, aunque amplio y bien tapado, se veía un poco más frágil, y Basheer me alertó de que tuviera cuidado. Confié pues en la huella reciente. Confié que todo iría como siempre. Confié en que si a los que pasaron el día anterior no les había pasado nada, a mí tampoco. Fue un error. Un error de apreciación y de exceso de confianza. Avancé. En el segundo paso, el suelo desapareció bajo mis pies y noté como el planeta me tragaba hacia la oscuridad. Ahora sólo recuerdo el hecho de caer. Y el ruido estridente del choque y el roce con la nieve. No recuerdo ningún color, sólo el negro absoluto. De repente, abrí los ojos. Estaba sentado en el fondo de una grieta. La primera acción fue la de comprobar que todo estaba bien, que el cuerpo seguía funcionando, un repaso exhaustivo y fulminante de todas las partes del cuerpo que duraría pocos segundos. Y en acto seguido, intenté controlar cualquier reacción de histeria. Pronto oí los gritos lejanos de Basheer. Alcé la cabeza, y por primera vez me di cuenta de la magnitud de la caída y del lugar donde estaba clavado. Por encima de mí, una enorme bóveda de hielo, de colores azules y verdes, me aislaba del mundo externo excepto por un pequeño agujero, el que había provocado a mi paso, y por el que asomaba una pequeña cabecita mirándome aterrorizada: eran los ojos de Basheer. La distancia debería ser de quince metros. Le contesté como pude, ya que estaba afónico, que me encontraba bien. Entendí entonces, que iría a buscar una cuerda y que volvería lo antes posible. Aquellas fueron sus últimas palabras antes de que comenzara a levantarme ya valorar qué es lo que me había pasado. Me puse de pie. Una incredulidad exasperante invadió mi cuerpo: estaba viviendo una escena del la que nunca hubiera pensado ser el protagonista. No entendía cómo podía haber cometido ese error. Pero intenté dejar de lado los juicios lo antes posible. El silencio de aquel sepulcro frío y hostil, el lugar que podría haber sido mi sepulcro final, me acogía con una calma y una indiferencia espeluznante. El espectáculo era de una intensidad aterradora. Y de una belleza, al mismo tiempo que todavía me cuesta analizar. La grieta se abría camino muchos metros más allá, dejando entrar la luz para maquillar aquel espectáculo de hielo brutal y pavoroso de tonos azules y turquesas. Estaba bajo tierra, como cerca del infierno, como en las puertas de la muerte, en un mundo de hielo que ha estado esperando millones de años. Y yo seguía allí, plantado, invitado inoportuno de un silencio sepulcral que me atreví a perturbar sin el permiso de nadie. Reconozco que estuve unos segundos boquiabierto, asistiendo a aquella escena milagrosa, a la de seguir vivo, a la de poder hacer frente con mi plena vida y mi plena energía, a ese mundo inerte donde el letargo y la ausencia del paso del tiempo tenderían a apagar cualquier atisbo de vida. De golpe me pasó por la cabeza la posibilidad de que a Basheer le pudiera pasar algo y que nunca volviera. Y que quizá nunca los andaluces encontraran ese agujero por donde me caí. Una cierta angustia recorrió mi cuerpo. Pero enseguida me sacudí todos esos fantasmas de encima, e intenté también evitar cualquier tentación de filosofar sobre la vida y la muerte: decidí ser pragmático. Para empezar, me di cuenta de que en aquella nevera empezaba a tener serios problemas con el frío. Como llevaba el Mono de plumas en la mochila, lo primero que hice fue ponérmelo, acción que requirió un buen rato, incluso el hecho de tener que descalzarme. Después hice una selección de todo lo que llevaba en la mochila, y decidí abandonar lo más superfluo. En este proceso, viví un intenso debate sobre qué hacer con mi querida e inseparable CANON 5D Mark III. Si tenía que jumarear cuerda arriba -la técnica utilizada para ascender por una cuerda en vertical- debería hacerlo sin mochila, claro. Pero ¿llevaría la cámara encima? ¿Era oportuno hacerlo? Quizás era excesivo… pero si la dejaba con la mochila, podría ser que no la recuperara nunca más… Decidí dejarla, pero cogí la tarjeta con las imágenes de cima para subirlas conmigo. Hice lo mismo con el walkie-talkie y con el teléfono. Una vez hecha la elección del que seguro que tenía que rescatar -a parte de mí mismo- preparé y ajusté todo el material de escalada a la perfección, porque en cuanto me llegara la cuerda, pudiera emprender el viaje hacia la ventana de la salvación cuanto antes. El jumar del cuerpo, el pedal, el piolet para la salida, todo metido en su sitio y a su perfecta distancia. Una vez todo listo, hice un trago de agua, me senté sobre la mochila, y me dispuse a esperar.

La espera duró una hora. No es que lo calculara entonces. Simplemente es el cálculo que hago ahora, fríamente, del tiempo que debería tardar Basheer para ir hasta la cuerda de los andaluces y volver. Aquel largo rato, fue como un elipsis en mi vida. Fue como un no ser. A ratos miraba arriba, hacia la ventana de la vida, el agujero por donde había caído, esperando una respuesta como el náufrago que mira el horizonte clavado, esperando otro navegante. La soledad era abismal, como la de un astronauta perdido en el Universo. Aquel lugar podría haber sido mi punto y final, pero a última hora, mientras caía al vacío, alguien decidió que no lo fuera, como si finalmente alguien hubiera dado marcha atrás con su decisión. Este pensamiento creó una cierta complicidad entre el yo, insignificante ser vivo, y aquel rincón perdido del mundo, que ahora se convertía tan especial para mí. Y una cierta sensación de calma y de reencuentro me invadió. De repente, volví a escuchar la voz lejana de Basheer. Y su cabecita sonriente y pequeña, volvía a aparecer por la ventanilla de la vida. Y enseguida el milagro, la cuerda que caía lenta y ordenadamente hacia mí. Una vez la tuve en la mano, tuve claro que de aquella saldría pronto. Le llamé a Basheer con insistencia, que sólo tenía que fijar la cuerda, que me enviara su jumar y que el resto ya lo haría yo. Dicho y hecho. Até la punta de la cuerda en la mochila, para recuperarla más tarde y para que hiciera de contrapeso durante la ascensión por la cuerda, preparé todo el material, y me dispuse a subir. Medio metro ya suspendido en el aire durante unos minutos, sirvieron para comprobar que Basheer había fijado bien la cuerda, con suficientes garantías. Y poco a poco fui ascendiendo por la cuerda, cogiendo altura y perspectiva, suspendido en medio de una bóveda de hielo que cada vez era más ancha y más impresionante. Cada tres brazadas tenía que parar; notaba nuevamente el cansancio de la cima sobre el cuerpo, y un cierto dolor en las costillas y el hombro derecho, las lesiones de la caída. A medio camino, la visión era aterradora. Suspendido de aquel hilo salvador, en medio de la grieta, sin tocar ninguna pared, podía ver por encima de mí el agujero por donde me caí, y por debajo el lugar donde aterricé. Oscilaba levemente en medio de la nada, en ese espacio vacío y ahora encantador, que poco a poco me abandonaba, de la oscuridad a la luz, de la muerte a la vida. Algunos minutos más tarde por fin asomaba por el agujero. El mundo seguía existiendo. El cielo todavía era azul. Todavía era de día. Y Basheer me miraba atento y feliz desde unos cuantos metros. Me arrastré hasta él y nos abrazamos fervorosamente. Como desesperado, no paraba de llorar y decirme que era mi hermano. Y me enseñó con orgullo la reunión en “T” que había utilizado para fijar la cuerda y que yo le había enseñado un mes antes.

En el Gasherbrum II, he vivido dos horas, la hora de la cima, y la hora a solas dentro de la grieta, que guardan una conexión singular. Pero entre todo lo que he vivido me quedo con el abrazo con Basheer. Estoy seguro de que en muchas ocasiones de la historia, ha habido tan poca distancia entre dos seres humanos. Pero aquel fue un instante, al pie del Gasherbrum II, de una emoción que hace creer de nuevo en la humanidad, en el amor fraternal, en todo aquello que nos debería definir como ser humanos. Fue una victoria del amor, de la compasión. Una victoria de todo aquello que siempre debería haber ganado.

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